Juan Carlos I y Miguel Ángel Revilla eran todo lo amigos que pueden llegar a ser un Borbón y un político, incluso un poquito más. Son muchos los que se han llevado las manos a la cabeza en estos días tras la demanda interpuesta por el emérito contra el expresidente de Cantabria, cansado de oírle despotricar contra él en los platós en los últimos tiempos. Miguel Ángel Revilla sabía perfectamente cómo se las gastaba el rey en sus asuntos públicos y privados.
De hecho, vivió un episodio muy desagradable que nunca olvidará, relacionado con las veleidades amorosas del padre de Felipe VI.Revilla creía que era amigo del rey, y también lo creyeron así algunos responsables institucionales de la Casa Real, que decidieron pedirle un favorcillo cuando la relación entre Corinna zu Sayn-Wittgenstein y el monarca amenazaba la estabilidad de la monarquía. Recordemos que el rey llegó incluso a pensar en casarse con ella. Como la propia Corinna contó, llegó a pedirle matrimonio con un anillo gigantesco. Revilla quiso prestar un servicio al Estado y sobrestimó su relación con el rey. Se plantó en palacio dispuesto a infundir un poco de cordura en la cabeza de su supuesto amigo, que no lo era, animándole a que la asentara.
No esperaba lo que ocurrió. Juan Carlos se pilló un cabreo tremebundo (no hay otra palabra para definir su reacción) y lo puso literalmente de patitas en la calle entre gritos, diciéndole que él no era quién para decirle con quién tenía o no que… (omito el verbo, pero es muy castellano y muy literal).
Por qué Juan Carlos ha enseñado los dientes precisamente con Revilla
Lo expulsó de palacio de forma fulminante. Así fue. Una situación muy parecida y, al mismo tiempo, muy distinta a la que vivió Felipe V y que relato en mi libro ‘Los Borbones y el sexo, de Felipe V a Felipe VI’, aunque en este caso el primer Borbón español mandaba a freír vientos con cajas destempladas a cualquier cortesano que se atreviera a insinuarle que tomara una amante tras quedarse viudo de su primera mujer, o simplemente para que la segunda, Isabel de Farnesio, pudiera tomarse un respiro.
Revilla acusó el golpe, y la relación, por supuesto, no volvió a ser la misma. Se ha vengado, pero lo ha hecho tarde, cuando “el enemigo” ya no tiene poder. Ya se sabe: como dice el refrán, “rey sin cetro, mendigo de respeto” y “a rey sin trono, ni los perros le ladran”. Revilla le ha ladrado mucho, como tantos otros, pero no lo ha hecho por dinero, aunque sí por vender su libro. La colocó en un sitio muy estratégico en la rueda de prensa que concedió ayer.
No necesita el caché de los platós, por mucho que los periodistas cortesanos lo acusen de pesetero. Tampoco lo necesita Juan Carlos, y por eso ha anunciado que donará lo que pueda percibir a Caritas. Ambos respiran por la misma herida. No es casual que Revilla haya llorado en la rueda de prensa. Quienes tienen que estar llorando son los reyes en Zarzuela por no haber protegido más a Juan Carlos para evitar que fuera víctima de malos asesoramientos. La denuncia ha sido un error garrafal, pero se lo pedía el cuerpo.
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